Un tema que me ha comentado mucha gente en estos días es el de la cultura financiera. Parece que el post ha sido de gran interés. Sin embargo, poco me han comentado sobre el tema de MIFID II y eso sí que me ha extrañado. ¿Cómo me puedo explicar que a la gente si le preocupe la cultura financiera y no le interesa MIFID II si están directísimamente relacionados? Así que antes de tratar otro tema, creo que debo de dar una pincelada a que es MIFID, que implica y que supone para el pequeño inversor.

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¿Saben los minoristas y los agentes de mercado que supone Mifid II?

Es más, es especialmente necesario que el pequeño inversor lo conozca porque se expone a que se la preparen por no conocer una normativa que, en el plano teórico (que no en el práctico) se creó para proteger precisamente sus intereses. Es, por tanto, un caso claro de cómo no tenemos una adecuada cultura financiera y no se forma a la gente en temas que, aunque puedan resultar más áridos que un partido de fútbol o un programa de cotilleos del corazón, son de extraordinaria importancia para que nuestro dinero esté protegido de tiburones financieros y financos (Ingenieros financieros, como los ha llamado gurus mundi).

¿Sabe el pequeño inversor que es MIFID I? Pues no. Ni MIFID I ni II. Y es un tema tan de cajón, que realmente luego no es de extrañar que haya habido casos de mala praxis en la comercialización de preferentes y otros animalitos de compañía. Desde luego que las entidades financieras no han gastado ningún tipo de recurso en explicar estos temas al pequeño cliente, ya que no es rentable y al final, toda una traba a la comercialización de productos financieros. Y aquí el enorme conflicto de interés con el pequeño inversor. Por eso, las entidades financieras lo que han hecho es “explicar” brevemente a sus equipos comerciales en que consiste MIFID, pero sin hacer una clara insistencia en las consecuencias de mala aplicación. Porque a las entidades les importa un bledo que se aplique bien o mal. Al final, no hay consecuencias. Y es mejor continuar presionando a los equipos para que saquen los productos que se dedicen a comercializar, sin importar si está bien o mal hecha la comercialización. O bueno, incluso con esa presión, al final se acaba asesorando al cliente, cosa claramente delimitada en MIFID. Pero no, las entidades se olvidan de recalcar que no se asesore. No importa si se asesora o se comercializa. Se coloca lo que hay que vender y punto. En definitiva, al final hay casos de mala praxis en la comercialización (que acabó en asesoramiento). Y luego vienen los lamentos, las demandas y las depresiones.

Empecemos desde cero. MIFID I se implementó en Diciembre de 2007 en España. Es la transposición de la directiva Europea de “Markets in financial Instuments Directive” (De ahí las siglas MIFID). En primer lugar, se exige que los inversores se clasifiquen en tres grupos, con diferentes niveles de protección: Cliente Minorista, cliente profesional y contraparte elegible. Como lo que quiero es explicar de forma detallada las implicaciones para el pequeño inversor, obvieré la explicación de todos los elementos que no sean los que afectan e interesan al pequeño inversor.

Los pequeños inversores, si o si, tiene que ser clasificados como Cliente Minorista. Es decir, son los inversores a los que la legislación les otorga mayor nivel de protección, aunque algunos, de acuerdo a sus conocimientos, volumen de inversiones y experiencia, podrían ser calificados como profesionales. Pero insisto, sólo baja determinadas circunstancias y para un colectivo realmente pequeño. Casi todos los pequeños inversores son minoristas, de acuerdo a la acepción MIFID. Mucho ojo porque algunas entidades, en su labor de virgencita de la caridad, ofrecen a los clientes convertirse en “inversores profesionales” y dejar de ser cliente minorista porque así pueden “acceder” a una gama más amplia de productos. Sobra decir que esto es una forma de eliminar protecciones. Lo que pasa es que así pueden venderles productos de difícil comprensión por parte incluso de los comerciales de las entidades, pero que generan altas comisiones. A un minorista se le puede ofrecer una gama amplísima de productos con plenas garantías de transparencia sin que por ello se vea perjudicado su potencial de revalorización. Pero claro, no se le pueden vender determinadas “cosas” que sin embargo a un profesional si se le pueden vender. Así que ojo al tiburón, que muerde.

Seguimos con MIFID I para el pequeño inversor. Los productos MIFID se clasifican en complejos y no complejos. Los no complejos son acciones, bonos del tesoro, bonos corporativos sin ningún grado de subordinación o fondos de inversión. En la categoría de complejos tenemos los derivados (opciones, futuros, warrants, swaps de tipos de interés, etc), deuda de empresas con algún grado de subordinación (se incluyen aquí las preferentes, los CoCo´s o las convertibles obligatorias) o los fondos de inversión de alto riesgo, también llamados hedge funds.

La gente aquí ya se pierde por completo. ¿Porqué las acciones no son complejas pero las preferentes sí que lo son aunque en ambos casos puedes perder completamente el capital? Pues porque las acciones son un instrumento que la gente ya sabe que si la empresa va mal puedes perder completamente tu inversión. Entonces ya son conocidos por el público. Sin embargo las preferentes esa pérdida no es clara. Es más, es muy oscura, ya que el inversor percibe que cobra regularmente cupones, aunque son instrumentos perpetuos, como las acciones. Por eso, las preferentes, disimulaban mejor su condición de instrumento en el que puedes perder todo el capital, porque tienen características propias de la Renta fija normal, aunque en realidad son un híbrido entre renta fija y variable, con aspectos propios que no se dan ni en la renta fija ni en la renta variable. Por eso son complejos. Igual que son complejos los derivados, porque aparte de que la gente no puede percibir claramente sus riesgos, en ciertos casos, la pérdida puede ir mucho más allá del total del capital invertido, lo que dispara el riesgo en mayor medida. En definitiva, es una clasificación que, aunque pueda ser discutible, tiene un claro enfoque a la protección del pequeño inversor, muy alejado de la problemática de los productos financieros y sus connotaciones particulares, que los hace distintos a unos de los otros.

Finalmente, la entidad financiera puede adoptar dos roles. El papel de mero comercializador y el papel de asesor. En el caso del papel de comercializador, la entidad no debe saber si el producto es adecuado al cliente, pero sí de advertirle de si le conviene o no. Es como una especie de supermercado, donde el cliente va y compra lo que le parece más atractivo. Eso sí, debe realizar el test de conveniencia al cliente para saber si el cliente tiene los conocimientos y experiencia necesaria para comprender los riesgos propios del producto. Pero ese deber sólo se hace estrictamente necesario si el cliente desea contratar productos complejos. Por que si quiere contratar productos no complejos, no le hace falta analizarlo. Este supuesto, en el que el cliente toma la iniciativa de compra del producto, es lo que se conoce como “sólo ejecución”, ya que la entidad no hace nada, simplemente cumple instrucciones del cliente. En el caso de que el cliente quiera comprar productos complejos, deberá responder una serie de preguntas sobre sus ingresos, patrimonio, formación, etc. Con ello, la entidad financiera, podrá cursar la compra de instrumentos complejos. En caso de que el resultado del test sea no conveniente, la entidad deberá informar al cliente de que este producto no es conveniente para el inversor y de que comporta riesgos que no puede valorar adecuadamente. Hay entidades financieras que en estos casos, de forma muy correcta, cuando el cliente insiste en la compra de estos productos complejos, no se limitan a informarle de que no debe hacerlo, sino que le exige un escrito, de puño y letra del cliente, en el que exprese su deseo personal de realizar la compra, que ha sido informado de los riesgos, de que puede perder todo el capital (y más) y de que exime a la entidad de cualquier reclamación futura. Esto es muy útil porque así no sólo ellos se curan en salud, sino que el inversor que desea comprar el producto tiene que tener motivaciones muy firmes para defender la compra del mismo.

El otro rol al que hacía mención antes, es el de asesor. Aquí la entidad financiera juega un papel más activo, al hacerle al cliente propuestas concretas de inversión, para lo cual necesita de la realización de otro cuestionario, el llamado cuestionario de idoneidad. Este cuestionario no sólo le permite a la entidad conocer sus expectativas financieras, sino su grado de comprensión de los riesgos, capacidad económica del cliente (que influye en las recomendaciones a ofrecer), capacidad de ahorro, necesidades futuras del cliente, etc.

Sin embargo, tanto en el caso del test de conveniencia como en el de idoneidad, el cliente se puede negar a contestar el cuestionario. En el caso del test de idoneidad, la solución a la falta de respuesta es sencilla: La entidad no puede emitir una recomendación, porque desconoce las variables personales del cliente. Pero en el caso del test de conveniencia, la situación es diferente. Y es que la entidad no puede dar una valoración de la información del cliente, pero podría ejecutar la compra del instrumento complejo, ya que realmente no está asesorando al cliente, sino que está simplemente comercializando. Esto es un tema espinoso y que ha dado lugar a mucha jurisprudencia, en la que los tribunales, en consonancia con el espíritu de MIFID, han dado la razón al cliente, porque es el lado débil. Y es que en la comercialización de preferentes se hizo que muchos clientes no tuvieran que responder al cuestionario, con lo cual la entidad se saltaba los protocolos de protección al pequeño inversor. De ahí que al final, se eliminaron las barreras de protección al pequeño inversor. Vamos, que te saltas la ley a la torera por la puerta falsa. Y es ahí donde viene el fraude de ley: Evitas la ley utilizando mecanismos de la propia ley, con lo cual los tribunales deben sancionar esa conducta haciendo justamente lo contrario: Sancionar esa no aplicación de la ley mediante la asunción de las consecuencias negativas por parte de quien debía haber sido especialmente vigilante en la aplicación de la normativa. De ahí, que haya habido tanta jurisprudencia contraria a la banca con estos asuntos. Porque si no puedes evaluar al cliente, lo que deberías hacer, especialmente en productos complejos, es no ejecutar.

Un caso diferente sería si el pequeño inversor facilita información inexacta, en cuyo caso la responsabilidad es de él. De ahí la especial importancia a que el pequeño inversor deba ser muy riguroso en la contestación a las respuestas y deba exigir total diligencia a las entidades. ¿Cuantas entidades sugerían a los clientes las respuestas del cuestionario? Muchas. Entonces, desde el momento en que tú respondes lo que te diga el comercial de turno y lo firmes, asumes plenamente lo que estás firmando, aunque no entiendas el producto o el motivo del cuestionario. De ahí que sea realmente importante que el pequeño inversor entienda MIFID, para que sirve y como se aplica, a pesar de que nunca se le haya explicado de forma clara al pequeño invesor.

No voy a entrar en otros aspectos como la mejor ejecución, ya que los grandes problemas que hemos vivido se deben, fundamentalmente, a una mala aplicación de lo que antes he comentado. O bien por una mala clasificación de la tipología de inversor (hecho que sobre todo ha cometido alguna que otra banca privada) o por una mala praxis en la ejecución de las órdenes, al considerar que el cliente “ansiaba” la compra de preferentes.

Curiosamente, es interesante comprobar como los clientes de una entidad financiera sólo “deseaban” la compra de las preferentes de esa entidad y no compraban las preferentes de otra entidad (que se puede hacer, ya que un cliente de BBVA o de Sabadell puede comprar preferentes de La Caixa o del Deutsche Bank). Es una pista indiciaria de que las preferentes se comercializaron saltándose los protocolos de MIFID I, y que se “colaron” a los clientes.Me gustaría matizar que en algunos casos, las redes comerciales realizaron la venta de forma ignorante, vendiendo un producto sobre el que los mismos comerciales carecían de formación. No les excluye de la culpa, porque el que vende algo debe conocer bien lo que vende, pero desde luego que se les chantajeó a algunos comerciales con su puesto de trabajo. Me acuerdo del caso que me comentó un familiar de un empleado de cierta entidad financiera muy “torera”, en la que el director de una oficina le ofreció preferentes a unos amigos. Los amigos del familiar me acabaron consultando, y debido a la delicada situación de la entidad “torera” les recomendé que no compraran, ya no por el producto sino porque corrian un riesgo elevado de que esa entidad acabara, incluso, intervenida. Cuando esos amigos volvieron a hablar con el director, este les digo que el personalmente, les garantizaba que eso era algo totalmente seguro y se ofreció incluso a cubrir personalmente las pérdidas que les generara el producto, si es que perdían, algo que, aunque pueda ser loable, resulta imperdonable: Ningún comercial puede ofrecer cubrir con su dinero las pérdidas de un producto. Eso es motivo de despido en una entidad financiera de forma fulminante. Pero delata que ese director era un completo ignorante de los riesgos de las preferentes.

Ahora, tras el escándalo generado a raíz de aquel tomate, las entidades han dejado de comercializar estos animalitos de compañía en sus redes minoristas y lo hacen en los mercados financieros a inversores institucionales. ¿Porque eso es así ahora y antes no se hacía? Muy sencillo. Porque en unas ocasiones los institucionales no hubieran comprado nunca preferentes de alguna que otra caja o en otros casos las hubieran comprado, pero a tipos de interés mucho más elevados que los que pagaban a los minoristas. Por tanto, para unas entidades les permitió ahorrarse costes de capital pero para otras entidades les permitió sobrevivir, aunque fuera temporalmente. Y es que las preferentes como tal, siempre he dicho que no es mal producto, pero debe ser empleado para cierto tipo de inversor y como parte de una cartera mucho más amplia, prestado atención especial a una adecuada diversificación de emisores y grados de subordinación. Por ello, se puede invertir, pero como parte de una cartera. Pero debe enfocarse a clientes con un determinado nivel patrimonial y limitando la concentración. Idealmente, se debería realizar la inversión a través de un fondo, por la diversificación que aportan los fondos.

Para aquellos de vosotros que os resulte interesante, os voy a recomendar alguna bibliografía, muy básica, como es la guía que editó en su momento la CNMV. Es un Q&A que es muy útil porque se responde a múltiples preguntas que se hace el pequeño inversor. Total: 32 páginas, que se leen en 1 hora. Y aprendes cosas realmente interesantes. Así que mi consejo es que os la leais y la guardeis como una guía básica para el futuro. Podeis descargarlo pinchando aquí. También teneis esta otra guía.

Para aquellos que os va la marcha (que alguno hay), os dejo una ayuda ampliada y con documentación bastante extensa. Podeis acceder aquí.