La clase política, desde siempre, ha considerado que el pueblo deja mucho que desear, y que, como los buenos rebaños, es fácil de pastorear. Por eso, son tan dadivosos con los subsidios, las ayudas, las subvenciones y en definitiva, con todo aquello que es el dinero público, que como no es nadie, no preocupa y ayuda a anular la capacidad de trabajo, de esfuerzo y de sacrificio del pueblo, aunque sobre todo, sirve como anestesia general, ayudado por la falta de crítica de un pueblo escasamente formado en términos económicos y financieros. Sin embargo, poco nos hablan de los impuestos con los que abrasan al sufrido ciudadano, e incluso se molestan denodadamente en recaudar estos impuestos, aún cuando no tienen razón, como acabamos de ver con la plusvalía municipal.

Aquí un señor disfrutando de la “marea” impositiva

El monstruo a mantener

Para mantener esta burrocracia es necesario un aparato impositivo brutal, capaz de succionar todos los recursos necesarios para mantenerse en pie, y encima, tener capacidad de vender la moto para justificar su existencia. Y es que esta es la razón por la que este Estado tan brutal sobrevive: El debate político sólo se centra en los subsidios, en las ayudas a tal y cual, pero nunca, en reducir los impuestos a unos ciudadanos sobradamente sobrecargados de tributos de la más diversa índole. ¿No es extraño? Es la consecuencia de la escasa consideración de la clase política para con sus ciudadanos.

De esta suerte, en España, tenemos Administración Central, Autonomías, Diputaciones, Ayuntamientos y entes locales menores como son las juntas vecinales. Todo ese aparato burrocrático, excepto las juntas vecinales (que tienen ciertas particularidades), tiene capacidad de recaudar impuestos con los que sangrar al ciudadano, eso sí, todo dicho con muy buenas palabras (otros que están absolutamente entregados al buenismo), o sea, que te hacen un favor machacándote a impuestos. Claro, como el dinero en mi bolso es algo molesto, me encanta que venga alguien a meterme la mano en bolso para destinarlo a unos fines desconocidos. Y claro, todo eso administrado con esa alegría que da el gestionar algo que ni es tuyo ni te importa, así que no tienes miedo a malgastar.

Los ayuntamientos

Los ayuntamientos tienen entre sus competencias la recaudación de algunos tributos como el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) y la conocida como “plusvalía municipal” (que en realidad se llama Impuesto sobre el Incremento de Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana). Son de esos impuestos que van a las arcas municipales. Este último, sólo está en aquellos municipios más golosos y ansiosos del dinero ajeno, ya que no todos los municipios lo tienen establecido.

Y resulta que esos municipios con ansias profundas de recaudación se han llevado un susto que, por pura lógica, no debiera haberse llegado a producir, ya que es un asunto de pura lógica, pero al que se ha llegado por la estupidez supina de mucho funcionario aburrido y dedicado a hacer el mal a la sociedad, por la que muchos de estos funcionarios parecen tener poco aprecio y menos respeto. Y si no, vaya un día a hacer gestiones a la AEAT o a su comunidad Autónoma…. A ver si no les toca el amargado o que el responsable ha salido ” a hacer la compra”.

Y es que al final, como bien nos dice la teoría liberal, el Estado, cuanto más pequeño, mejor. Porque ese Estado que “repara” disfunciones de la economía, puede acabar convertido en una disfunción en sí mismo, creando graves perjuicios para sus administrados.

Es absurdo el cobrar la plusvalía si hay pérdidas

El problema estriba en que la conocida plusvalía municipal se genera por la diferencia entre el valor catastral que tenía el inmueble cuando se compra y el valor catastral que tiene cuando se vende…. Y ahí está el truco. Los valores catastrales nunca han dejado de subir, ni siquiera en los años de la crisis, en los que ha habido correcciones en el valor de los inmuebles de entre el 40% y el 60%, dependiendo de zonas. De ahí que haya gente que ha vendido un inmueble con pérdidas, pero le haya tocado pagar la “plusvalía” municipal, ya que se este impuesto se calcula sobre una base irreal. Y por ello, siempre sale a pagar. Olé con la marea impositiva.

La propiedad, hipergravada

En definitiva, el problema que subyace a una parte muy importante de los impuestos en España es que están vinculados a la propiedad inmobiliaria. El español medio tiene, históricamente, un apego tremendo por los bienes inmuebles. Y eso, lo sabe nuestra parásita clase política. El resultado, lo tenemos ahí: Si compras un piso o un chalet de nueva construcción, pagas el 10% de IVA. Hasta ahí bien… Pero en la segunda y posteriores transmisiones, ese bien, que ya ha pagado IVA, vuelve a tributar pero por otro tributo que no se genera en las primeras transmisiones, y no es otro que el Impuesto de Transmisiones patrimoniales, que recaudan las autonomías, y cuya tasa oscila entre el 6% y el 10%, dependiendo del ansia succionadora de cada CCAA (y de lo empurada que esté por sus cuentas, claro). Y cada venta que se hace del inmueble, otra vez, a girar ITP…. Resulta que tras entre 10 y 15 transmisiones (depende de autonomía) el inmueble ha pagado una cantidad de impuestos igual a su valor. ¿No es ansia? Ni Drácula puede aspirar a más.

Por si eso no es suficiente, por el mero hecho de tener un inmueble, tienes que pagar, anualmente, dos impuestos: Por un lado, el Impuesto de Bienes Inmuebles, que recaudan los ayuntamientos y grava el mero hecho de poseer el inmueble, aunque su importe depende del valor catastral del inmueble. Y por otro lado, la renta presunta, ya que la Agencia tributaria considera que, aunque el inmueble no esté ocupado, genera una renta, que debes incorporar a tu declaración de renta y por la que tributas.

Pero además, tenemos que los ayuntamientos más ahogados han establecido la plusvalía municipal (que es el ya comentado Impuesto sobre el Incremento de Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana), que grava el presunto incremento de Valor Catastral del inmueble desde que lo compras hasta que lo vendes, calculado sobre una base tan ficticia como arbitraria.

Por si el dueño de inmuebles no estuviera suficientemente maltratado, cuando se decide a vender el inmueble, aparte de haber pagado la plusvalía municipal, tiene que tributar por la plusvalía que le ha generado el inmueble durante los años de posesión del mismo, pero ojito…. Que para calcular esa diferencia no tienen en cuenta la inflación de todos los años que has tenido el inmueble en propiedad: Tributas por la diferencia entre el valor nominal de compra y de venta, lo cual eleva tu carga tributaria, y en caso de pérdidas, minora tus deducciones.

En resumen: La propiedad inmobiliaria está penada

Y vaya si no: Por comprar, entre un 6% y un 10% de ITP. Por tenerlo en propiedad, cada año, el IBI, así como la renta presunta en tu declaración de IRPF. Y al venderlo, pagas por el beneficio que hayas tenido entre el valor de compra y de venta y la plusvalía municipal, esta última siempre sale a pagar. Todo un impuesto revolucionario que nos recuerda a épocas pasadas de nuestro país.

Si al final, resulta que es mejor tener los inmuebles justos y necesarios (tu vivienda y se acabó) y el resto, dedicarlo a la compra de activos reales no inmobiliarios…. Claro y meridiano. Y si quieres más inmuebles, ya sabes: A alimentar el bicho.

Por si había dudas sobre el ansiedad recaudatoria, la FEMP (Federación Española de Municipios y provincias) está ya muy preocupada con la reforma del tributo: Están ya cavilando nuevas formas impositivas con las que machacar al ciudadano y sus propiedades. Como se decía en esta misma entrada del blog, no sólo están ansiosos de recaudar, sino que además, tienen una nula consideración hacia los administrados.